17 mar. 2011

Próxima inauguración_ Marina Vargas




Del 7 de abril al 31 de mayo de 2011
Inauguración: Jueves, 7 de abril a las 20,00 h.


El culto de Diana
Marina Vargas

«… que así los nombres de Diana y Acteón por un instante restituyan su sentido oculto
a los árboles, al ciervo inquieto, a las ondas, espejo impalpable de la desnudez».
Pierre Klossowski

Diana, cazadora lunar, diosa del nacimiento y la noche, es una divinidad de origen inmemorial. Virgen resplandeciente y mortífera, según la describe Pierre Klossowski, reinaba impasible sobre los contrarios: virginidad y muerte, noche y luz, castidad y seducción. Adorada originalmente por los habitantes del Lacio, durante el dominio romano sus rasgos se fundieron con otra diosa armada y esquiva elaborada sobre el modelo de las amazonas, la helénica Ártemis. La naturaleza salvaje era su ámbito y morada, y velaba sobre la caza y las fieras. Entre los emblemas de Cazadora, diosa cruel y vengativa, se encontraban el arco, la luna, los perros, las antorchas, los ciervos, los venablos y las flores de los árboles sagrados.
La luz negra de la Sagitaria bendecía los alumbramientos y adiestraba la descendencia. En el santuario de Diana en Nemi, una pequeña ciudad del Lacio, ardía un fuego sagrado inextinguible, y en las procesiones cultuales celebradas en agosto las vírgenes desfilaban coronadas de rosas y guirnaldas con una antorcha en la mano. La presencia de Diana, señora de los animales, guiaba a los jóvenes en el arte de la montería y los preparaba para el rito de paso de la caza, cediendo sus bosques y montañas como terrenos de entrenamiento y sus bestias como adversarios. El mito arcaico de Acteón ilustra la desmesura del cazador joven y su terrible e ineluctable destino. De entre los relatos y leyendas conservados destacan dos versiones, en la  primera Acteón pretende igualar o superar las proezas venatorias de la Cazadora a través de la destrucción masiva e indiscriminada; en la segunda transgrede la prohibición de contemplar el cuerpo visible de la diosa. En ambos relatos el castigo por la hýbris es la metamorfosis y la muerte.
Los nombres de Diana y de Acteón y el temblor de la mirada que evocan forman parte del espacio simbólico que Marina Vargas (Granada, 1980) ha desarrollado a lo largo de su carrera. Presagio (2007) hacía coincidir el crimen y el castigo de Acteón en la figura desollada y abierta de un ciervo enfrentado a un sexo femenino fulgurante. La fascinación de la teofanía petrificaba al voyeur como el depredador a su presa. Los ojos de cristal del ciervo acentuaban el espanto animal, el terror del cazador cazado, y la cornamenta enmarcaba la visión mortal y concéntrica, «la sombra del cuerpo esencial de la diosa», como escribe Klossowski, como una media luna.
«El culto de Diana» es la última exposición de Marina Vargas. Su título proviene de una obra homónima que pone en escena trofeos de caza alegóricos y sombras de diosas bajo la forma de un altar. Emblema de una potencia que se revela y se sustrae, El culto de Diana responde a una nueva interpretación del mito y condensa los temas iconográficos que vinculan la caza al sacrificio como una alianza primitiva entre los hombres, los animales y los dioses a través de la muerte. La aparición de los dioses y la superación de la muerte tienen su esquema en la dialéctica entre presencia y ausencia que se produce a través de cuerpos simbólicos o imágenes cultuales. La relación entre imagen, culto y divinidad se estructura bajo dos paradigmas: el ídolo y el icono. La diferencia conceptual entre el ídolo y el icono se encuentra en la distancia entre lo sagrado y su manifestación, pues mientras el ídolo fija lo divino distante y garantiza su presencia, su poder y su disponibilidad, el icono hace visible la distancia misma de la invisibilidad en una figura insuperable. La obra de Marina Vargas se sitúa en la tensión entre ambos modelos de aparición y se interroga por el vínculo entre la experiencia de lo sagrado y la religión, el paso del culto a la cultura, el desencantamiento del mundo y el poder de las imágenes.
La desfiguración y el desmembramiento de las figuras pintadas en «El culto de Diana» exponen su interior simbólico desencadenado y concentran en su superficie decorada abismo y ornamento. Las imágenes animales reúnen los polos opuestos de una posible anatomía simbólica a partir de la transgresión de los límites del cuerpo y de la estatua como un arte funerario de la huella y el molde en el espíritu de la taxidermia. El desgarro de la imagen no se reduce a un contenido sino que constituye un motivo, un principio constructivo y estructural que aniquila las fronteras entre los seres y privilegia las metamorfosis. Este principio responde al trabajo de una pulsión pictórica que atraviesa los polos opuestos del preciosismo y la visceralidad y se dirige instintivamente tanto al mundo mineral de la piedra y la joya, como al orden de la carne abierta y la extinción que simbolizan entrañas y osamentas, flores y llamas.

Javier Sánchez
Granada, marzo de 2011

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